¿A quién te llevarías a una isla desierta?

Puntuación: Muy recomendable

Hacía tiempo que una película no dejaba aflorar en mis ojos tantas lágrimas. La verdad que ha sido una experiencia sentimental verse reflejado en unos personajes que nos reflejan a todos. Todos hemos sido alguna vez Eze, Marta, Celeste o Marcos.

Todos hemos escondido nuestros verdaderos sentimientos. Todos hemos jugado a juegos peligrosos que podían dejarnos indefensos frente al resto. Todos hemos hecho daño a alguien -queriendo o sin querer- y a todos nos han dejado o hecho daño y también hemos sufrido por amor.

Porque si de algo habla la película es de vivir. Del amor. Del paso a la madurez. De cómo cuando se cierra una etapa, perdemos algo: inocencia, amistades; incluso perdemos algo de nuestra esencia, algo de nosotros mismos que probablemente nunca recuperaremos.

Basada en una obra de teatro de gran éxito en los escenarios madrileños, ¿A quién te llevarías a una isla desierta? es una película generacional, que probablemente vaya a marcar a toda una generación actual y con el paso de tiempo sea recordada como lo que es: una oda a la sensibilidad, al amor y a la amistad.

No se puede tratar temas tan complejos con tanta sensibilidad y cariño hacia unos personajes que desde luego se te quedan marcados a fuego. Para mí, principalmente, Celeste. Ella, tan desenfadada y poco preocupada por la vida, de repente se convierte en la más cabal y en el prodigio que enlaza toda la sensibilidad y quien más lucha por mantenerse fiel a sí misma, buscando su forma, su manera.

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Los demás personajes, como todos en la vida, se dejan llevar, son arrastrados por la vida. Son arrastrados al paso de la vida adulta. Con toda la tristeza y amargura que ello supone. Ver que todos tus sueños se van derrumbando lleva a la frustración y muchas veces a un pozo de amargura.

La principal enseñanza de la película creo que es que hay que mantenerse fiel a uno mismo. Intentar ser felices sin hacer daño a los demás -aunque esto a veces, e incluso, intentándolo, no sea factible-. Y aceptar que la vida tiene sus propios códigos y hay que aprender a manejarse con ellos.

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