Crítica de ‘Candyman’, una secuela que sabe defenderse y revitaliza al cine de horror

La directora Nia DaCosta trae su propia versión del asesino que acecha Cabrini-Green, modernizándolo para reflejar los peores miedos de la sociedad actual.

En los comienzos del 2020, Universal presentaba el afiche que anunciaba su nueva apuesta: un garfio bañado de abejas y miel, acompañado de las palabras “Atrévete a decir su nombre”. No fue necesario leer el título del film para saber de qué se trataba. “Candyman” volvería a la pantalla grande. Esta vez de la mano del aclamado Jordan Peele como productor, y Nia DaCosta como la joven promesa y primer mujer de color en encabezar la taquilla como directora con este film. Luego de varios postergaciones, el largometraje finalmente llegó a los cines, y es seguro decir que esperar valió la pena.

‘Candyman‘(2021). Dirección: Nia Dacosta. Guion: Jordan Peele, Win Rosenfeld. Fotografía: John Guleserian. Música: Robert A. A. Lowe. Elenco: Tony Todd, Yahya Abdul-Mateen II, Teyonah Parris, Nathan Stewart-Jarrett, Colman Domingo. Duración: 91 minutos. Nuestra opinión: Muy Buena.

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Casi 30 años después de los trágicos acontecimientos sucedidos en relación a la estudiante Helen Lyle y su investigación universitaria sobre uno de los barrios pobres de Chicago, el artista visual Anthony McCoy busca cualquier elemento inspirador que reviva su arte. Cuando escucha acerca de “Candyman”, invierte todo su tiempo y energías en recopilar información acerca del hombre con garfio que supo ser el terror susurrante de Cabrini-Green. Poco sabe acerca de lo que está a punto de invocar.

Lo primero a resaltar acerca de esta secuela es que es extremadamente respetuosa para con su antecesora. A diferencia de muchas cintas icónicas de horror que vuelven en forma de reboots, remakes y continuaciones poco fieles a sus raíces, el nuevo “Candyman” crece y se expande siendo consciente de aquellos hechos que lo hicieron nacer. Mantener esta característica de expansión, de “estar en todos lados” tan propio y fundamental del asesino era un factor capital, y Nia DaCosta no escatimó en hacerle justicia. El terror, como en la entrega de 1992, está en las abejas, lo escrito en las paredes, los caramelos, los espejos, los cuerpos asesinados. Este año, sumó una vía de manifestación que dió que hablar: El racismo.

La discriminación hacia la comunidad de color es el móvil de la historia. Desde la periodista de arte que degrada las pinturas de Anthony, quejándose de que la gente “de su tipo” se quedó estancada en la producción de obras trilladas que evidencian la exclusión; hasta el maltrato de la policía blanca que no duda en apretar el gatillo si el receptor de la bala pertenece a una minoría. El film está teñido de observaciones acerca de la marginación. Este tipo de “Metahistorias” representan un gran avance para el cine de terror. De a poco deja de cerrarse sobre sí con la única finalidad de causar respingos, para ser portavoz de hechos y problemáticas de la vida real que aterrorizan más que cualquier monstruo.

Para varios, “Candyman” flaqueará en un punto importante: no asusta. Como mencioné, Nia DaCosta fue muy leal al punto de vista de la primera entrega. Se nota en la reluctancia utilizar los famosos screamers, que tanta relevancia le dieron a varias películas de las últimas dos décadas. En vez de eso, pone en juego un reiterativo pero nunca agotador uso del horror visual. Es que el objetivo de las cuatro películas de la franquicia no es hacer saltar al espectador de su butaca, sino perturbarlo. Bajo este otro enfoque, la secuela entretiene, y nunca permite que aquel que la este viendo se acostumbre o vaticine cual es la siguiente escena que lo dejará sin dormir por la noche.

Ficha de ‘Candyman’ en IMDb.

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