El director surcoreano de película como ‘Oldboy’, ‘The Handmaiden’ y ‘Decision to Leave’, vuelve a presentar una película sobre venganza con su ya conocido negro humor de por medio. La cinta fue vista por nosotros en el NYFF63.

En la película No Other Choice se encuentran los dos mejores mundos del cineasta surcoreano Park Chan-wook, quien ya posee (desde hace un tiempo) un estatus de leyenda contemporánea. Heredero del cine de Hitchcock, De Palma y Polanski, y actualmente a la par del nivel narrativo de Fincher y del estético de M. Night Shyamalan, el director del clásico de culto Oldboy fusiona la obsesión por la venganza mostrada en sus primeras películas —de ahí la Trilogía de la Venganza— con el ingenio técnico desplegado en The Handmaiden y Decision to Leave.
Park adapta por segunda vez una obra literaria extranjera al cine. La primera fue Fingersmith (Falsa identidad), de Sarah Waters, que el director transformó en The Handmaiden. Ahora vuelve a hacerlo con The Ax, la novela de 1997 de Donald E. Westlake. No Other Choice sigue a Yoo Man-soo (Lee Byung-hun, reconocido por ser el villano en El juego del calamar), quien ve cómo su perfecta vida comienza a desmoronarse tras perder su empleo. Desesperado y cansado de falsas promesas, se da cuenta de que no tiene “ninguna otra opción” más que eliminar a cualquiera que pueda quitarle la oportunidad de volver a ser contratado.
Primeramente, esta es una obra de drama social y familiar. Corea del Sur es un país con una estabilidad económica importante, pero todo esto a costa de las medianas empresas, que luchan por sobrevivir mientras las megacorporaciones (Samsung, Hyundai, LG) siguen ganando terreno. A ello se suma un mercado laboral congestionado, donde persisten prácticas comunes de nepotismo en las grandes compañías. Además, vale la pena recordar que el ejecutivo promedio surcoreano ve con buenos ojos el uso masivo de la inteligencia artificial. En otras palabras, conseguir un buen empleo es cada vez más complicado y desesperante.
Por otro lado, Park toma una decisión muy acertada al incluir a toda la familia como parte de la trama. Man-soo ve cómo su esposa Lee Mi-ri (una gran Son Ye-jin) pasa a tomar las decisiones importantes en el hogar. El protagonista no es machista; sin embargo, No Other Choice explora la idea de que no existe hombre ajeno a la masculinidad tóxica, a la competitividad y al orgullo, llevados a un extremo en el que el hombre que no quiere hacer daño “no tiene otra opción”. Y, del mismo modo, tampoco existe mujer que no sepa resolver.
Como buena comedia negra, la película presenta un claro dilema moral. La audiencia está, desde el primer minuto, apoyando a Man-soo. Park Chan-wook nunca deja espacio para las ambigüedades: ya sea un hombre que pasó años en prisión de forma injusta, otro que necesita dinero para pagar un riñón o la joven doncella que busca escalar socialmente, los protagonistas del director surcoreano siempre son personas esencialmente buenas que terminan cometiendo actos inmorales. Si a eso le sumamos el tono de comedia tan bien logrado que abunda en No Other Choice, tenemos una historia que bien podría encajar en el universo de Fargo.
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La tercera pata de una obra que merece más de un revisionado es, invocando el lenguaje de Twitter: “nadie mueve la camarita como este maestro”. En un cine que ha perdido notablemente la importancia de la preproducción —ya sea con storyboards o con simples ensayos de cámara—, Park Chan-wook (y su gran equipo) pertenece a esa rara especie de cineastas que milimétricamente logran trasladar lo que imaginan a lo que aparece en pantalla. No Other Choice es un festín de transiciones que no solo están entre las cosas más “cool” que se podrán ver este año —y probablemente los anteriores y los próximos—, sino que además sirven para mantener siempre viva la atención del espectador. Park explota con audacia el poder del movimiento de cámara y del montaje, incluso en momentos clásicamente piden otra cosa. La mejor escena de la película es ejemplo de ello: esa en la que dos hombres se enfrentan de una forma tan peculiar y con una música diegética tan alta que el director se ve obligado a recurrir a los subtítulos y a obligar a sus personajes a gritar.

Reforzando lo dicho al principio, el director junta lo mejor de ambos mundos: su representación extrema de los problemas y discusiones que habitan nuestros días y que muestran cómo el hombre común termina destruyéndose a sí mismo. En este caso, el papel —sí, eso que ya no usas— se convierte en el protagonista silencioso del film. Así, Park Chan-wook presenta otra obra incómoda y tensa que invita al espectador, desde un plano terrenal, a preguntarse: ¿Por qué quiero que triunfe este idiota?
4.5/5 = Excelente
Esta crítica forma parte de nuestra cobertura al 63rd New York Film Festival