El último estreno de la ganadora de la Palma de Oro fue uno de los platos fuertes de la nueva edición del Buenos Aires Rojo Sangre. Esta es nuestra crítica.

De todos los géneros a los que un director puede quedar asociado, el body horror es, probablemente, el más exigente. El grabado de los traumas de la sociedad en la carne humana es una decisión artística que no tarda en exigir volverse estilo y recurrencia del autor. Las audiencias lo piden, y si no lo tienen, dejan de prestar atención. No esperan menos que otro baño de sangre, otra trastocación de los órganos. Por suerte, Julia Ducornau ya aclaró más de una vez que no le importa demasiado lo que la crítica y las audiencias colmadas de expectativas piensen de ella, y eso queda manifiesto en su última película, Alpha.
Despegándose por completo de la violencia desenfrenada que caracterizó Raw y Titane, la cineasta maneja la cámara con suma delicadeza para contarnos la historia de Alpha, una adolescente a la que le hacen un tatuaje con una aguja supuestamente contaminada. Ello despierta el miedo de su madre, una médica temerosa de que su hija sufra el mismo destino que su hermano Amin, adicto a la heroína. A la vez, la posibilidad de que Alpha haya contraído una enfermedad letal y en pleno brote, que transforma los cuerpos de los afectados en mármol, las asfixia.
Aun así, Ducornau no se enfoca tanto en trasmitirnos su ansiedad como si se preocupa por retratar con cuidado a los cuerpos que sufren. No cae en la tradicional fijación del body horror para con la exposición descarnada del físico marginalizado, sino que lo filma como un elemento más del fondo. En otras palabras, le revoca su carácter monstruoso e intenta devolverle humanidad. Lo que se encuadra son personas comunes y corrientes, no engendros de un cuadro clínico degenerativo.
No es un filme sobre las aberraciones tangibles que la enfermedad causa en los contagiados. En realidad, se centra en la contaminación del miedo. Aquel que no puede verse ni asirse, pero que deja a los enfermos y los que tienen la posibilidad de serlo completamente alejados del mundo de los “sanos”. En el hospital donde trabaja la madre de Alpha, ella es una de las únicas médicas que no renunció por temor a ser infectada, y el terror está en las vidas que se le escapan por falta de personal. Los pacientes ya ingresados mueren sin que nadie se dé cuenta, y los que aún no están atendidos se amotinan en las puertas del lugar.
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En cuanto a Alpha, el body horror no es la sangre que le brota constantemente del tatuaje, sino la resignificación de su fisicalidad cada vez que los compañeros, maestros y directores de su escuela huyen de su cercanía. No hay gore que motive al espectador a mirar hacia otro lado, y eso es justamente lo que Ducornau quiere conseguir.
Lo más interesante es, sin lugar a dudas, la trama del tío de Alpha, interpretado por un espectacular Tahar Rahim. Un día, aparece de improvisto en la casa de la protagonista y, a partir de ahí, se desdibuja en flashbacks y flashforwards desordenados que le quitan literalidad a su presencia y la metaforizan en el miedo que la madre de Alpha siente ante la chance de que la última termine como su hermano. Él es, también, la imposibilidad de dejar ir a un ser querido que sufre, las consecuencias de la homofobia, la latencia de un trauma generacional y la estigmatización de los enfermos.

Una vez más, Ducornau le escapa a la coherencia del arquetipo y colma a sus personajes de significados, cuestionamientos, ideas y críticas que no pueden ser contenidos en un comienzo, conflicto y desenlace lineales. Aquellas audiencias que acepten la apertura de sentidos que Alpha propone van a encontrarse con una de las mejores películas en la historia del body horror contemporáneo.
5/5 = Extraordinaria